The sun hung low over the private villa pool in Mykonos,

Mykonos Poolside

Mykonos

The sun hung low over the private villa pool in Mykonos, casting a golden glow on the two young men lounging on the oversized daybed. Alex, with his tousled blond hair and piercing blue eyes, had always been the confident one—the surfer type who’d grown up chasing waves in California. Beside him sat Ryan, his best friend since college, with fiery red hair that matched his freckled skin and a lean, sculpted body honed from years of competitive swimming.

They’d come here to celebrate finishing their degrees, a week of freedom before real life kicked in. But the air between them had shifted days ago. Stolen glances during late-night drinks, accidental brushes of skin that lingered too long. Now, stripped down to nothing under the Greek heat, their bodies glistened with a mix of sunscreen and sweat.

Alex turned his head, catching Ryan staring at the way the light played over his abs. “You’ve been looking at me like that all week,” Alex murmured, his voice low and teasing.

Ryan’s cheeks flushed deeper than the sun could manage. “Can’t help it. You’re… fucking gorgeous.”

The words hung there, electric. Alex shifted closer, their thighs pressing together, the heat of skin on skin sending a jolt through both. He reached out, tracing a finger down Ryan’s chest, over the defined ridges of his pecs, stopping just above the trail of red hair leading lower. Ryan’s breath hitched, his cock already half-hard and twitching against his thigh.

“I’ve wanted this for years,” Alex confessed, leaning in until their foreheads touched. Their lips met—slow at first, tentative, then hungry. Tongues explored, hands roamed. Alex’s palm wrapped around Ryan’s thickening shaft, stroking firmly as Ryan moaned into his mouth.

Ryan pushed Alex back onto the cushions, straddling him. Their erections ground together, slick with precum, as Ryan kissed down Alex’s neck, sucking marks into his tanned skin. “Fuck, you taste like salt and summer,” Ryan groaned, lowering himself to take Alex’s nipple between his teeth.

Alex arched, threading fingers through Ryan’s red curls, guiding him lower. Ryan obliged, trailing wet kisses over abs until he reached Alex’s throbbing cock—thick, veined, begging for attention. He licked a stripe up the underside before swallowing him deep, hollowing his cheeks as Alex bucked and cursed.

But Alex wanted more. He pulled Ryan up, flipping their positions. “My turn.” He mirrored the worship, savoring Ryan’s length, the way it pulsed against his tongue. They moved together instinctively—sixty-nine on the daybed, mouths working in rhythm, fingers teasing entrances slick with spit.

Finally, Ryan straddled Alex again, positioning himself. No words needed; just a shared nod. He sank down slowly, inch by inch, both gasping at the tight heat. Once fully seated, Ryan rode him hard—hips rolling, muscles flexing, sweat dripping onto Alex’s chest.

Alex thrust up to meet him, hands gripping Ryan’s ass, spreading him wider. “So fucking tight… you’re mine,” he growled.

They came together under the fading sun—Ryan spilling across Alex’s abs first, Alex following deep inside with a shattered moan. Collapsing in a tangle of limbs, they kissed lazily, hearts pounding in sync.

That night, and every night after, the villa echoed with their newfound passion. Best friends turned lovers, finally free to explore what they’d both craved all along.

El sol colgaba bajo sobre la piscina privada de la villa en Míkonos, bañando de un resplandor dorado a los dos jóvenes tumbados en el gran sofá. Alex, con su pelo rubio despeinado y sus penetrantes ojos azules, siempre había sido el seguro de sí mismo—el tipo surfista que creció persiguiendo las olas en California. A su lado estaba Ryan, su mejor amigo de la universidad, con el pelo rojo fuego que combinaba con su piel pecosa y un cuerpo esbelto y esculpido, perfeccionado por años de natación competitiva.

Habían venido aquí para celebrar el final de su graduación, una semana de libertad antes de que llegara la vida real. Pero la actitud entre ellos había cambiado días antes. Miradas robadas durante las copas nocturnas, toques accidentales en la piel que duraban demasiado. Ahora, desnudos bajo el calor griego, sus cuerpos brillaban con una mezcla de protector solar y sudor.

Alex giró la cabeza y vio a Ryan mirando cómo la luz jugaba en sus abdominales. "Me has estado mirando así toda la semana", murmuró Alex, con voz baja y juguetona.

Las mejillas de Ryan se pusieron más rojas de lo que el sol podía causar. "No puedo hacer nada al respecto. Tú... jodidamente hermoso."

Las palabras permanecieron suspendidas allí, eléctricas. Alex se acercó, sus muslos pegados uno al otro, el contacto y el calor de la piel contra la piel transmitieron un shock a ambos. Extendió la mano, trazando una línea con el dedo a lo largo del pecho de Ryan, sobre los pliegues definidos de sus pectorales, deteniéndose justo encima del rastro de pelo rojo que descendía más abajo. La respiración de Ryan se detuvo, su polla, ya medio dura, descansando sobre el muslo de Alex.

"Llevo años deseando esto", confesó Alex, agachándose hasta que sus frentes se tocaron. Sus labios se encontraron—lentos al principio, vacilantes, luego hambrientos. Las lenguas exploraban bocas ardientes, las manos vagaban por cuerpos desnudos. La palma de Alex se envolvió alrededor del eje cada vez más grueso de Ryan, acariciando con firmeza mientras Ryan gemía de placer.

Ryan empujó a Alex hacia atrás sobre los cojines, montándolo. Sus erecciones se rozaron, húmedas por la preeyaculación, mientras Ryan besaba el cuello de Alex, dejando marcas visibles en su piel bronceada. "Joder, tú sabes lo de la sal y el verano", gimió Ryan, agachándose para tomar los pezones de Alex entre los dientes.

Alex arqueó, entrelazando los dedos entre los rizos rojos de Ryan, guiándole hacia abajo. Ryan bajó lentamente la cabeza, presionada con fuerza por las manos de Alex, dejando un rastro húmedo de besos en sus abdominales hasta llegar a su pene palpitante—duro, venoso, rígido suplicando atención. Lamió una tira en la parte inferior antes de tragarla profundamente, chupando fuerte mientras Alex arqueaba y gemía de placer.

Pero Alex quería más. Tiró de Ryan hacia arriba, invirtiendo sus posiciones. "Me toca a mí." Bajó con la boca por la entrepierna de Ryan, en adoración, saboreando la longitud de su pene, la forma en que palpitaba contra su lengua. Se movían juntos instintivamente—sesenta y nueve en el sofá, bocas trabajando al ritmo, dedos juguetones, entradas empapadas de saliva.

Finalmente, Ryan volvió a montar a Alex, posicionándose. No hacían falta palabras; Solo un asentimiento compartido. Se bajó lentamente, centímetro a centímetro, ambos jadeando por el calor. Una vez completamente sentado, Ryan lo montó con fuerza—las caderas moviéndose, los músculos tensándose, el sudor goteando por el pecho de Alex.

Alex se incorporó para penetrar su agujero, apretando el culo de Ryan, abriéndolo aún más. "Tan malditamente apretado... Eres mío", gruñó.

Se unieron bajo el sol que se desvanecía—Ryan vertiendo su primer sobre los abdominales de Alex, Alex, siguiendo dentro de él, con un gemido entrecortado. Desplomado, enredado en un enredo de extremidades, se besaron perezosamente, exhaustos, sus corazones latiendo al unísono.

Esa noche, y todas las noches siguientes, la mansión resonaba con su nueva pasión. Mejores amigos convertidos en amantes, finalmente libres para explorar lo que ambos habían querido desde el principio.

Il sole pendeva basso sopra la piscina privata della villa a Mykonos, gettando un bagliore dorato sui due giovani sdraiati sul grande divano. Alex, con i suoi capelli biondi arruffati e gli occhi azzurri penetranti, era sempre stato quello sicuro di sé—il tipo surfista cresciuto inseguendo le onde in California. Accanto a lui sedeva Ryan, il suo migliore amico dai tempi dell'università, con capelli rosso fuoco che si abbinavano alla sua pelle lentigginosa e un corpo snello e scolpito, affinato da anni di nuoto competitivo.

Erano venuti qui per festeggiare la fine della laurea, una settimana di libertà prima che la vita vera arrivasse. Ma l'atteggiamento tra loro era cambiato giorni prima. Sguardi rubati durante i drink notturni, sfioramenti accidentali della pelle che duravano troppo a lungo. Ora, nudi sotto il caldo greco, i loro corpi brillavano di un misto di crema solare e sudore.

Alex girò la testa, cogliendo Ryan a fissare il modo in cui la luce giocava sui suoi addominali. "Mi hai guardato così tutta la settimana," mormorò Alex, la voce bassa e scherzosa.

Le guance di Ryan si tinsero di rosso più di quanto il sole potesse provocare. "Non posso farci niente. Tu sei... dannatamente bello."

Le parole rimasero sospese lì, elettriche. Alex si avvicinò, le cosce premettero l’un con l’altra, il contatto e il calore della pelle contro la pelle trasmise una scossa a entrambi. Allungò la mano, tracciando una riga col dito lungo il petto di Ryan, sulle pieghe definite dei suoi pettorali, fermandosi appena sopra la scia di peli rossi che scendeva più in basso. Il respiro di Ryan si bloccò, il suo pene, già mezzo duro, si appoggiava sopra la coscia di Alex.

"Lo desidero da anni," confessò Alex, chinandosi finché le loro fronti non si toccarono. Le loro labbra si incontrarono—lente all'inizio, titubanti, poi affamate. Le lingue esploravano le bocche ardenti, le mani vagavano lungo i corpi nudi. Il palmo di Alex si avvolse attorno all'asta che si faceva più spessa di Ryan, accarezzando con decisione mentre Ryan gemeva dal piacere.

Ryan spinse Alex indietro sui cuscini, cavalcandolo. Le loro erezioni si sfiorarono, bagnate di pre-eiaculazione, mentre Ryan baciava il collo di Alex, lasciando segni evidenti sulla sua pelle abbronzata. "Cazzo, sai di sale ed estate," gemette Ryan, abbassandosi per prendere i capezzoli di Alex tra i denti.

Alex si inarcò, intrecciando le dita tra i ricci rossi di Ryan, guidandolo più in basso. Ryan abbassò lentamente la testa spinto con forza dalle mani di Alex, lasciando una scia umida di baci sugli addominali finché non raggiunse il suo pene pulsante—duro, venoso, che rigidamente implorava attenzione. Leccò una striscia sul lato inferiore prima di inghiottirlo a fondo, succhiando con forza mentre Alex si inarcava e mugolava di piacere.

Ma Alex voleva di più. Tirò su Ryan, invertendo le loro posizioni. "Tocca a me." Scese con la bocca lungo l’inguine di Ryan, in adorazione, assaporando la lunghezza del suo pene, il modo in cui pulsava contro la sua lingua. Si muovevano insieme istintivamente—sessantanove sul divano, bocche che lavoravano in ritmo, dita che stuzzicavano, ingressi bagnati di saliva.

Finalmente, Ryan si mise di nuovo a cavalcioni su Alex, posizionandosi. Non servivano parole; solo un cenno condiviso. Si abbassò lentamente, centimetro dopo centimetro, entrambi ansimavano per il calore. Una volta completamente seduto, Ryan lo cavalcò con forza—fianchi che si muovevano, muscoli che si flettevano, sudore che colava sul petto di Alex.

Alex si spinse verso l'alto per penetrare il suo buco, le mani stringevano il culo di Ryan, aprendolo ancora di più. "Così dannatamente stretto... Sei mio," ringhiò.

Si unirono sotto il sole che svaniva—Ryan che riversava il suo sperma per primo sugli addominali di Alex; Alex, ancora dentro di lui, con un gemito spezzato. Crollando, in un groviglio di arti, si baciarono pigramente, esausti, i cuori che battevano all'unisono.

Quella notte, e ogni notte successiva, la villa riecheggiò della loro nuova passione. Migliori amici diventati amanti, finalmente liberi di esplorare ciò che entrambi avevano desiderato fin dall'inizio.

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Antinoo Divo

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